Historias del barrio Prado
José Guillermo Anjel R.
José Guillermo Anjel R.
En esto texto que parecen crónicas sueltas existe una memoria que es lo que le da fundamento y así mismo su perdurabilidad, ahí está de cuerpo presente el niño que a los doce años ha establecido un límite para acceder a la experiencia, ese primer intento de conocer y registrar su barrio en la memoria. Aquí no hay nada de nostalgia sino que está la presencia de la poesía. Su vitalidad reside en que el escritor conoce el barrio y nos describe sus detalles que es lo que hace memorable la literatura. Ahí unas calles Belalcázar y Balboa, Jorge Robledo, y Cedeño, la salsamentaría Prado, el Chispero, Lovaina como el límite. Y dos calles con su barra correspondiente la de los mayores era la de calle Balboa y estaban en la universidad y los otros los de la otra edad y los de la otra barra los de Belalcázar querían ser como ellos.
Por ellos existe esa necesidad de acceder a ese otro mundo de los mayores y acceder a su música y a sus mujeres. Estas barras son extensión de esa calles, de esa vida de ese barrio ahí en el limite en ese oasis entre la decadencia de la fastuosidad de esas fachadas de esas casas, con esos personajes extraños como salidos de un libro donde la decadencia empieza a existir y donde la fastuosidad es un icono que la historia de la ciudad ha resuelto con la huida de quienes construyeron este barrio Prado.
En la memoria del escritor no sólo están sus amigos de la barra sino esos personajes que desfilan y están tatuados y que hacen perdurable a Prado: el hombre que caminaba derecho y parecía mirar los pájaros pero que era que se mantenía siempre ebrio. Sigue en esta galería el gallero, la mujer que enloquece y suelta sus pájaros, el señor Paredes, y la mujer polaca entre otros que son la reminiscencia en apariencia pero que es la memoria que habla a través de esa curiosidad de los doce años y de su espacio vital, ese Prado vivido, esa paz de sus calles pero también la vitalidad de esas barras.
Víctor Bustamante
Por ellos existe esa necesidad de acceder a ese otro mundo de los mayores y acceder a su música y a sus mujeres. Estas barras son extensión de esa calles, de esa vida de ese barrio ahí en el limite en ese oasis entre la decadencia de la fastuosidad de esas fachadas de esas casas, con esos personajes extraños como salidos de un libro donde la decadencia empieza a existir y donde la fastuosidad es un icono que la historia de la ciudad ha resuelto con la huida de quienes construyeron este barrio Prado.
En la memoria del escritor no sólo están sus amigos de la barra sino esos personajes que desfilan y están tatuados y que hacen perdurable a Prado: el hombre que caminaba derecho y parecía mirar los pájaros pero que era que se mantenía siempre ebrio. Sigue en esta galería el gallero, la mujer que enloquece y suelta sus pájaros, el señor Paredes, y la mujer polaca entre otros que son la reminiscencia en apariencia pero que es la memoria que habla a través de esa curiosidad de los doce años y de su espacio vital, ese Prado vivido, esa paz de sus calles pero también la vitalidad de esas barras.
Víctor Bustamante
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Introito
José Guillermo Anjel R.
Estas historias del barrio Prado, son mi visión del espacio urbano que viví cuando tenia doce años. Aquí están la barra a la que pertenecí (mis amigos de sol y caminatas, de fabulaciones y atrevimientos), las muchachas que amé desde lejos, la vida cotidiana con sus asombros y maravillas, con sus sueños y sustos. Estos fueron mis días de imaginación y valentías mínimas, de cobardías y castigos por no cumplir debidamente con las tareas del colegio. Y mi memoria de cuando la felicidad era posible y consistía sólo en ir hasta la calle Belálcazar con Venezuela para sentarse en las escalinatas de una casa. Y allí, en compañía de otros como yo (de bluyines y camiseta de números, de tenis sucios con los cordones sueltos y pésimamente peinados), darle rienda a las palabras que permitían crear los mundos que nos daba la gana.
En el barrio Prado, fuimos pequeños diosesitos salvajes que alebrestaron a las señoras bien y templaron los nervios de mamas y mujeres del servicio. Por ese territorio de la adolescencia que empezaba, dejamos las huellas de nuestras carreras, el ruido de las risas, los latidos acelerados del primer amor, los alegatos sobre fútbol y béisbol. Y claro, las mil historias salidas de las revistas de cómics y los primeros libros leídos. En el barrio Prado descubrimos la vida de plantas y animales, de las casas y la calle. Y camínanos los techos y las copas de los árboles, fuimos por encima de las rejas y las humedades de los sótanos. Eramos una pequeña tormenta que cargaba duendes y brujas, espantos y palabras tabularías. A esta vida al desgaire, le debo la libertad. Gracias barrio Prado.









